lunes, 23 de septiembre de 2019

Mis servicios

Sotnik María Belén

Psicoanalista. Mat. 6429

Obras sociales, particulares.

Dirigido a: Adolescentes, Adultos, Mayores, Pareja.

-Psicóloga en Centro de Salud Integral "Entre Paréntesis" (Santiago 780, Rosario).

-Consultorio privado (Córdoba 1369, Rosario).       

-Dictado de talleres en geriátricos para estimulación neurocognitiva.

-Realización de pericias; perito de oficio y perito de parte.

Lo fundamental de amarnos


Lo fundamental de amarnos


Desde niños nos hemos alimentado con ideas y conceptos en relación al amor, muchos de los cuales van cambiando a lo largo de la vida; tal vez algunos de grandes solemos ganarnos el adjetivo de “ilusos” por creer en ciertas cosas.
Pero no seamos tan duros con nosotros mismos; siendo el ser humano la única especie consciente de su propia finitud, de que no es eterno, de que un día morirá, no sería fácil enfrentar la vida todos los días sin ser un poco iluso y sin poner al amor en ciertos lugares de poder absoluto.
Entonces en el día a día intentamos distraernos: estudiamos, trabajamos, hacemos algún deporte, organizamos reuniones, tenemos hijos, buscamos una pareja. Tratamos de llenar el vacío de la soledad. Porque la idea de que moriremos no hace más que traer aparejado que moriremos solos, que, independientemente de cuánta gente haya a nuestro alrededor, estamos solos frente al hecho mismo de la muerte.
Dice Erich Fromm en su libro “el arte de amar”: “la necesidad más profunda del hombre es la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad.” Y esta necesidad es satisfecha de diferentes maneras, algunas más dañinas que otras.
Porque si bien podemos hablar de drogas(legales o no), de actividades (como dije más arriba, el deporte, el trabajo), de la religión, que también viene a ayudar con lo mismo, pienso que desde hace no mucho tiempo se agregan otras maneras de lidiar con uno mismo, están muy de moda y en la época de Fromm no existían: las redes sociales.
Si no tengo a nadie en quien apoyarme para compartir un logro o una desgracia, no importa demasiado, puedo publicarlo en alguna red social. Allí encontraré consuelo, aun cuando a la persona que intenta consolarmeno le importe demasiado o no sepa muy bien lo  que me pasa. Lo que cuenta es que hay alguien del otro lado que se entera y responde.
Y el problema con las drogas, que es equiparable al del sexo sin amor, es que sólo elimina el abismo entre dos seres humanos de forma momentánea. Cuando consumo una droga, el resto del mundo desaparece y me fundo en él, me hago uno con el mundo que me rodea.
Cuando tengo sexo, me fundo en el otro (somos uno, dicen los enamorados). Cuando voy a la Iglesia, me hago uno con el resto de los participantes, y “todos somos iguales ante los ojos de Dios”. El problema surge cuando este momento pasa y tengo que volver a encontrarme conmigo mismo, con que a la larga estoy solo.
Cuando dos personas se encuentran, dice Fromm, se atraen, se sienten uno, es una experiencia muy estimulante (más aún para las personas que han vivido en soledad o carentes de afecto). Pero este amor es poco duradero: las dos personas llegana  conocerse bien, se aburren, esa magia que había al principio desaparece y entonces empiezan las excusas mediante las cuales evitan separarse: “es la madre de mis hijos”, “estoy con él hace 20 años”, “compramos tal cosa a medias”, a lo cual viene a sumarse una muy frecuente: la del amor todopoderoso.
Porque claro, el amor todo lo puede. “No importa lo que hagas ni lo que yo tenga que hacer para permanecer a tu lado. Siempre te voy a amar”.
Como si el amor pudiera sostenerlo todo. El maltrato, el engaño. Al menos el amor sano no puede. Y el amor incondicional es enfermizo.
Y si vamos al otro extremo, tenemos las personas que logran separarse pero se siguen llamando para insultarse, o se siguen reclamando cosas. Podemos decir que en realidad lo que menos han logrado es separarse, siguen unidos no a travésdel amor, sino del odio.
Entonces cabe la pregunta: buscar una pareja para superar el problema de la separatidad, ¿pone al otro en el lugar de “una droga que no puedo dejar”?
Me parece que más bienestas excusas sirven para no preguntarnos lo verdaderamente importante: por qué nos quedamos en lugares que nos lastiman. Esto viene a complementar la idea que plantea Fromm cuando habla de lo preocupados que estamos por el hecho de ser amados y no nos cuestionamos nuestra propia forma de amar.
Creo que el tema de las redes sociales colabora bastante con esto; me muestro como me quieren ver, en otras palabras, intento agradarle al otro para que me ame. Pienso ¿Cómo tengo que ser para ser amado? Y no me pregunto ¿Qué elijo yo a la hora de amar? ¿No será que yo hice que ese otro se convirtiera en “algo que no puedo dejar?” Y si es así, tendré que preguntarme por qué.
Pero en realidad no cuestionarnos nuestra forma de amar tiene que ver con no hacernos cargo de lo que elegimos, no enterarnos de que a veces nos involucramos en relaciones nocivas, con personas nocivas. Hay gente que cree que las cosas le pasan porque “se lo merece”, entonces no deja de elegir lo que cree que se merece.
Muy a menudo se escucha “a mí todos me engañan”, “a mí todas mis parejas me golpearon” y ni por asomo se logra ver que algo de eso tiene que ver con nuestra elección, que esto no pasa por casualidad, que no es el destino el que me hace estar con ciertas personas, sino que algo de eso tiene que ver conmigo. Y esto solo puede cambiarse si uno se lo cuestiona, porque involucrarse es el primer paso para dejar de elegir lo que nos hace mal.
Y es necesario destacar que en este afán por no preguntarnos “cómo amamos”, o “a qué tipo de personas amamos”, o mejor aún, “qué amamos en las personas a las que amamos”, descuidamos el hecho de que el amor propio es fundamental para poder amar a otros. Si no me amo a mi mismo, no puedo amar nada ni a nadie, al menos no sanamente.
La persona celosa, por ejemplo, en cuya historia siempre hay tres (él, su pareja y el otro), está pendiente del momento en el que va a perder al ser amado, porque resulta que su rival lo supera en todo y seguramente se lo quitará. Ahí notamos cuánto hay que trabajar en la autoestima, en esta cuestión del amor propio.
Nos angustia pensarnos solos. Y no es culpa nuestra que esto pase, porque casi todo está hecho para más de uno, porque en el fondo nadie está suficientemente preparado para enfrentarse a su soledad.
Y esta angustia, que se manifiesta de diferentes maneras, conlleva distintas denominaciones según la época en la que uno se encuentre: hoy en día es muy común escuchar la expresión “tengo ataques de pánico”.
Y como dijo Epicteto, un filósofo griego, “No son las cosas que nos pasan las que nos hacen sufrir, sino lo que nos decimos sobre estas cosas.” Creo que tiene que ver con cómo enfrentamos lo que nos pasa. Aunque a todos nos pasara exactamente lo mismo, hay que ver con qué herramientas cuenta cada uno para enfrentar la realidad.
Y aquí surgen las más importantes diferencias: teniendo en cuenta la rapidez con la que avanza todo, queremos soluciones que respondan a lo que nos pasa inmediatamente. Entonces consultamos al psiquiatra, nos receta algo y salimos del paso, y ciertamente mejoramos mucho.
Pero hay que tener en cuenta que lidiar con lo que no anda bien en nosotros es un proceso, si nunca lo hemos intentado llevará su tiempo, lo importante es comenzar y saber que ningún sufrimiento es eterno. Y por supuesto tener en cuenta que lo que la boca se calla, el cuerpo lo grita.
No existen soluciones mágicas, lo que cuenta no es posicionarse rápido en cierto lugar ni pretender que las cosas pasen de un día para el otro, sino empezar por salir del lugar en el que se está si creemos que no nos hace bien.
Porque como dijo sabiamente Freud, y creo que esto tiene que ver con buscar soluciones a largo plazo y no quedarse en lo inmediato: “cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro.”


Emprendiendo un análisis: la ardua tarea de descubrir la verdad y actuar en consecuencia




Emprendiendo un análisis: la ardua tarea de descubrir la verdad y actuar en consecuencia

Cuando un paciente comienza un tratamiento psicoanalítico es bastante frecuente la siguiente inquietud: “yo tengo una prima que había comenzado a ir con un psicólogo que apuntaba directamente al problema que ella le llevaba en ese momento, no hablaban de su infancia o de sus relaciones familiares”.
Allí encontramos dos puntos que determinan nuestras elecciones y nuestra manera de relacionarnos con el mundo durante toda la vida: las relaciones que establecemos con las personas que nos crían, que comienzan justamente no el día que nacemos, sino antes de que lleguemos al mundo, cuando alguien imaginó cómo íbamos a ser, qué nombre íbamos a tener, qué cosas nos iban a gustar, etc. y el tiempo en el que somos más vulnerables psíquicamente e incorporamos todo lo que nos enseñan, la infancia.
Cuando alguien decide consultar con un psicólogo no lo hace de la misma manera que el resto de las personas. Cada uno tiene sus tiempos y lidia consigo mismo como puede. Pero sí hay algo recurrente en casi todas las personas a la hora de buscar un profesional: es muy rara la ocasión en la que alguien se decide de un momento al otro, casi siempre hay un gran rodeo previo en el que generalmente el paciente busca un psicólogo, le parece que “le gusta” pero aun así decide consultarle a alguien que ya haya empezado o tenga alguna experiencia previa, se informa sobre diferentes orientaciones, etc.
Cuando finalmente se anima a llamar, comienza el obstáculo económico. Y cuando esto no es un problema, las más de las veces el paciente pide turno y no asiste a la consulta. Esto se conoce en psicoanálisis como resistencia, y es muy frecuente ya que enfrentarse con las propias miserias es mucho más difícil que hacerlo con las ajenas.
Y la tarea del análisis es justamente eso: tratar de lograr que el paciente encuentre en el analista una pantalla en blanco que le permita encontrarse consigo mismo, que le permita ESCUCHARSE. Por eso no importa demasiado lo que el analista opine sobre lo que a él le pasa: la más importante de todas es la opinión del paciente. El psicoanalista es una GUÍA que lo ayuda a entender lo que le pasa con el mundo, no alguien que tiene que decirle qué decisiones tomar sobre ciertas cuestiones.
Muy a menudo se escucha la frase “yo hice terapia durante dos años y el psicólogo no me solucionó nada”. Entonces uno pesca en el discurso del paciente la demanda: llegó al consultorio para que el profesional le solucione algo o tome decisiones por él.
Me parece que en este sentido es tarea del analista calmar esa ansiedad, porque además la demanda suele ser “que sea a corto plazo”, que es como vivimos hoy en día, con el imperio del “todo ya” y explicarle algunos puntos, darle algunas “malas noticias”:
-          A la larga, la mejoría dependerá de él y sólo de él.
-          Será él el que decida qué hacer con su vida, no su analista.
-          No se podrá determinar el día que consulta cuánto durará el tratamiento. El inconsciente es acronológico, no conoce el reloj.
-          Las sesiones tendrán diferente duración justamente por lo mismo.
En esto consiste la “magia” del análisis: impacta de diferentes maneras en cada paciente. Algunos vienen a la segunda sesión y dicen “no sabés lo bien que me siento, me cambió la vida venir acá.” Y seguramente tengan razón, ya que durante la primera sesión el paciente HABLÓ. Dijo mucho o poco, pero empezó a poner en práctica el poder curativo que tiene la palabra que se dice (porque también es conocido el poder destructivo que tiene la palabra que se calla).
Pero hay que tener cuidado con las soluciones rápidas, ya que suelen arrojar resultados poco duraderos. Cuando un síntoma aparece y se instala en una persona durante mucho tiempo, es necesario interrogarlo, encontrar el motivo por el cual vino para quedarse.
Cuando uno niega lo que le pasa por miedo a sufrir y no lo interroga, sucede algo análogo a lo que pasa cuando a una persona le diagnostican un tumor: si la persona decide negar lo que le dicen y seguir adelante sin tratarse, el tumor no se irá, seguirá operando y crecerá cada vez más.
Desentendernos de lo que nos pasa no lo hace desaparecer, sino que lo empeora. En ciertas ocasiones el cuerpo grita lo que la boca calla, o como decía Freud “lo que se calla se actúa.” El síntoma será diferente según la estructura psíquica de cada persona.
Atrás del síntoma siempre hay un goce, por eso es importante descifrarlo, llegar al fondo de la cuestión aunque lleve tiempo. La cancelación del mismo será un resultado que por supuesto nos alegrará, pero si no se logra arrancar el problema de raíz volverá disfrazado de otra cosa.
Pongamos un ejemplo que se condice con lo que dije al principio, que desde antes de nacer ya somos algo que alguien desea: un chico cuya familia soñó desde que nació que iba a ser jugador de fútbol. Entonces le compraron los botines, la camiseta y lo llevaron desde muy pequeño a las prácticas. Y cuando llegó la oportunidad de dar el salto, de jugar en un club importante, al jugador se le presenta un problema en su pierna derecha: no la puede mover; desconoce el motivo. Consultan a muchos especialistas pero ninguno puede averiguar lo que le pasa. Y ahí empieza una ardua tarea, en el caso de que finalmente decida que la cuestión no es biológica y emprenda un tratamiento psicoanalítico: averiguar la procedencia de la parálisis.
Es importante que él mismo le de un sentido a su síntoma. Y entonces un día, con un llanto desgarrador, el paciente logre decir “yo nunca quise jugar al fútbol, yo quería estudiar diseño gráfico, pero desde chico se me dijo que el fútbol era lo que mejor se me daba y que debía seguir ese camino.”
Ubicar lo que nos pasa es el primer paso para ver qué hacemos frente a eso. Una persona que dice “ahora entiendo por qué fracaso en todas mis relaciones amorosas, porque no quiero comprometerme con nadie por miedo a sufrir”, no sólo se está dando cuenta de lo que le pasa sino que se está haciendo cargo de que es él el que lo está provocando, se está haciendo responsable de lo que le pasa.
Otra consulta muy frecuente viene de la mano de la toma de alguna decisión: “tengo que resolver un tema y no sé qué hacer, ¿usted qué haría?”; con lo cual escuchamos muchas veces que el paciente pone la responsabilidad de una decisión en el analista.
Imaginemos una situación: un padre de familia que dice “tengo una mujer hermosa y buena y tres hijos excelentes; no cambiaría mi familia por nada en este mundo. Pero hace unos meses en una fiesta del trabajo estuve con un hombre y me di cuenta de que me gusta. ¿Qué hago?”
En ese momento es cuando hay que redirigirle la pregunta al paciente: “¿Qué QUIEREhacer?” y probablemente diga “quiero estar con hombres pero no quiero perder a mi familia” o “voy a perder a mi familia pero me haré cargo de mi deseo”. No podemos decir que esté bien ni una cosa ni la otra, pero sí podemos afirmar que de esto se trata el análisis: del descubrimiento de la verdad. El bienestar llegará por añadidura, pero la tarea analítica es descubrir la verdad que habita en cada sujeto, luego lo que el mismo haga con ella es asunto de cada uno. Lo importante es que el paciente se conecte con su deseo.
Por lo tanto, ubicamos lo que nos pasa (me gustan los hombres) y luego vemos qué hacemos con eso. En este caso me parece que el “luego” no funciona como adverbio de tiempo sino como una consecuencia, al igual que en el “pienso luego existo” de Descartes: es una consecuencia, un “entonces”. Pienso, entonces (esto significa que) existo; ubico,entonces actúo en consecuencia.
Y así como el luego no hace referencia al tiempo, tampoco debemos preocuparnos por eso cuando decidimos emprender un tratamiento psicoanalítico. El inconsciente no opera con los tiempos lógicos de la vida cotidiana. Esto es lo que posibilita que un suceso acontecido en la infancia pueda tener repercusión cuando una persona es adulta. En el psiquismo las causas no prescriben.
A modo de ejemplo es interesante citar nuevamente a Freud, cuando hablaba de los sueños de la muerte de personas queridas, que tanto nos horrorizan: suceden porque en algún momento de la infancia, quizá luego de algún reto, algún familiar se ganó nuestro odio más profundo y le deseamos la muerte. Y como el inconsciente opera cuando tiene oportunidad y nada conoce de cronología, tenemos un sueño a los 40 años en el que dicho familiar muere y nos asombramos y angustiamos profundamente.
Por este mismo motivo, también es importante aclarar el tema de la duración de las sesiones: lo más importante del tratamiento psicoanalítico es que el paciente no pierda tiempo y dinero. Y el hecho de que una sesión dure una hora no garantiza que sea más productiva que una que dura 20 minutos.
Me permito en este punto citar una anécdota de Luis Giunípero, un reconocido psicoanalista de Rosario y gran profesor de la facultad, quien se analizaba en Buenos Aires y por lo tanto tenía un largo viaje para visitar a su analista. Y relató que un día llegó sobrecargado de excusas, y a los cinco minutos de sesión el psicólogo le dijo “terminamos esta sesión, lo espero la semana que viene.” Fueron grandes su sorpresa y su enojo, pero sin embargo pensó mucho en esa situación y regresó la semana siguiente entendiendo muchas cosas, y muy seguro de que esos cinco minutos habían sido más productivos que si se hubiese quedado dos horas.
Es que algunas sesiones son muy largas, pero el paciente sólo habló de su cotidianeidad, utilizó palabras vacías, no hay que perder de vista lo que decía Lacan “las puertas del inconsciente son las únicas que se golpean desde adentro”, es decir que es el paciente el que emprenderá el arduo camino del análisis.
Cuando hablaba de la “magia” del tratamiento psicoanalítico mencioné a aquellos que desde la primera sesión tienen la sensación de que su vida cambió, pero también están los que tardan un tiempo largo en empezar a ver sus efectos.
Por eso digo que no es conveniente poner plazos cuando uno decide consultar, a veces lleva mucho tiempo poner en forma la demanda, pero tengamos en cuenta que “el primer paso no te lleva donde querés pero te saca de donde estás” y salir de un lugar incómodo y angustiante en el que uno se posicionó durante años es mucho decir. Descubrir la verdad de cada uno muchas veces puede ser doloroso, rompe con la comodidad, obliga a cambiar muchas cosas, pero sin duda es preferible eso a permanecer en la oscuridad.
Los seres humanos queremos evitar el sufrimiento, entonces tratamos de seguir adelante averiguando lo menos posible sobre lo que nos pasa. Enfrentarnos con nuestro deseo nos saca de eje, pero es el motor humano, pienso que “no está muerto quien pelea, pero está muerto quien no desea.”
Cuando nos encontramos con una persona depresiva que no se puede levantar de la cama y dice “¿para qué voy a comer si total me voy a morir?”; “¿para qué me voy a bañar si total me voy a morir?” estamos en presencia de una persona que no desea nada, porque lo único que ve enfrente suyo es la muerte.
Desear nos mantiene vivos porque nos permite proyectar, enfocarnos en lo que queremos y trabajar para conseguirlo. No creamos en esas frases que se escuchan o leen por ahí como “deséalo tanto que el universo no tenga más remedio que dártelo.” Los que tenemos que hacer un esfuerzo para conseguir lo que queremos somos nosotros.
Al pertenecer el ser humano a la única especie consciente de su propia finitud, se hace difícil a veces la vida, pero a su vez es lo que le da sentido.
Por eso es importante que entre nosotros y la muerte podamos poner proyectos. Quien dice “el año que viene me recibo”, está diciendo que no se piensa morir hasta el año que viene, por lo menos lo decreta en su realidad psíquica. En la realidad real puede pasar otra cosa, pero siempre la que nos domina es la primera. Este fue uno de los grandes descubrimientos freudianos; basta con pensar en el caso de la anoréxica que nos dice “peso 200 kg, no me puedo mirar al espejo” y lo que en realidad uno tiene enfrente es a una persona que pesa 45 kg. y está al borde de la muerte.
Asimismo, cuando la realidad psíquica le dice a una persona que es un inútil que fracasará en todo lo que emprenda, esa persona fracasará aunque tenga todas las capacidades para destacarse en lo que se proponga. Porque se identificó con una frase que tal vez un adulto le dijo cuando era niño. Si comparamos nuestro psiquismo con una planta, podemos decir que cuando la plantamos basta con que la pateemos para que se rompa. Pero cuando esa planta crece, llegará un momento en el que no podremos derribarla. De igual manera, no es lo mismo lo que uno le dice a un niño de 5 años que lo que uno le dice un adulto de 40.
Pero aquí volvemos una vez más a lo que es tarea del paciente y no del analista: no es tarea de este último decirle al paciente “no sos un inútil”, sino ayudarlo a que él mismo lo descubra para que pueda correrse de ese lugar. Cuando Lacan hablaba del estadio del espejo, se refería a los significantes que vienen de las personas que nos crían y de los que a veces nos apropiamos. Cuando una mamá dice “Pedrito es una luz pero Juancito es un desastre”, Juancito irá poniendo en la “mochila” de su imagen esos significantes, y puede que vaya por la vida comportándose identificado a ellos.
Porque desde que somos muy chiquitos hasta cierta edad, pensamos que las personas encargadas de nuestra crianza son perfectas, que tienen razón en todo. Sólo cuando crecemos y empezamos a pensar por nosotros mismos comenzamos a discrepar y a tener nuestras propias opiniones sobre las cosas y sobre nosotros mismos.
Entonces surgirá el interrogante ¿Por qué estoy estudiando esta carrera si nunca me gustó?” y a través de un análisis podremos descubrir, quizá, que estábamos destinados a seguir con el negocio familiar y había que estudiar una carrera que nos habilitara para eso.
Y a partir de ahí, como en el ejemplo anterior del padre de familia, será tarea del paciente hacerse cargo de su deseo o no. Porque aquí entra en juego la frase de Jean Paul Sartre “¿Qué hacemos con lo que hicieron de nosotros?”
Aquí es cuando empezaremos a tomar el timón de nuestra vida, dejando de responsabilizar a otros de lo que nos pasa. Es cierto que hay cosas que si alguien no hizo por nosotros en su momento no se podrán hacer tampoco ahora, pero muchas otras sí, y hay que vivir aceptando que todo no se puede.
Hay personas que naturalizan un destino ineludible: “mi papá le pegaba a mi mamá y por eso yo le pego a mi pareja.” Y hay otras personas que ante la misma situación dirán lo contrario: “mi papá era violento y yo no quiero repetir lo mismo con mis hijos.”
Por eso recalco que al fin de cuentas el trabajo siempre es del paciente, y más allá de lo que hayan planeado para nosotros siempre podemos corrernos de los lugares en los que no queremos estar.
Pero tomar el timón de la vida nunca es tarea fácil. Implica descubrir cosas que tal vez no nos gusten, asombrarnos, angustiarnos y a partir de allí DECIDIR qué hacemos con eso.
No consultamos para que decidan por nosotros o nos solucionen la vida. Es mucho más interesante y productivo que eso lo hagamos nosotros, a partir de hacernos cargo de lo que somos y de lo que decidimos.
Porque también otra frase que escucho a menudo es “mi analista me dijo que volviera con mi ex”, y es una manera de no asumir que las decisiones, erradas o acertadas, siempre son de nuestras.

¿Con qué nos dejan cuando nos dejan?



¿Con qué nos dejan cuando nos dejan?

Si hay algo que se parece mucho a morir en vida es el desencuentro amoroso. Querer mucho a alguien que no nos quiere. Desear mucho a alguien que no nos desea. O las quejas frecuentes de la actualidad: “está en línea y no me habla…” … “me clavó el visto.”
De todas las sensaciones desagradables que se pueden experimentar, esta es una de las peores. Y responde a varias cuestiones.
Desde que nacemos vamos construyendo nuestra imagen a partir de significantes que salen de la boca de las personas que nos rodean. Por supuesto la imagen no abarca solamente el aspecto físico, sino todos los atributos que nos constituyen.
Cuando el niño pequeño escucha que su mamá habla de él, comienza a colocar significantes en la “mochila” que probablemente definirá la forma en la que se mirará posteriormente y a lo largo de toda su vida.
Entonces cuando su mamá dice “Juancito es un desastre”, ya contará con un significante con el que cargará. Y tanto esta como todas las palabras que vaya escuchando por parte del resto formarán parte de la imagen que tenga de sí mismo e irán guiando su manera de manejarse, la mayoría de las veces sin que lo registre.
Si Juancito se identifica conel significante “desastre”, muy probablemente vaya por la vida fracasando en todo lo que se proponga: trabajo, estudio, relaciones. Quizá algún día llegue a analizarse y a descubrir el origen de este fracaso y ver si puede hacer algo con eso.
En “introducción del narcisismo”, de 1914, Freud define al narcisismo como “aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual, vale decir, lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena.”
Recordemos que el término narcisismo tiene su origen en el mito de Narciso.
Era un hombre muy bello y codiciado; se pasaba el día entero admirando su belleza en el reflejo del río, mientras la ninfa Eco le gritaba incesantemente “¡Narciso!” para sacarlo de ese ensueño en el que estaba inmerso admirando su propia imagen. Pero el bello muchacho muy concentrado en sí mismo no registraba nada de lo que pasaba a su alrededor, por lo que un día se cayó en el río y se ahogó.
El mito de Narciso es un mito de muerte. Y claramente describe que quedarnos anclados en la imagen no suele tener un final feliz.
Con el narcisismo primario, se construye el yo con características especiales, Freud lo ubica en sí como un ideal. Este yo ideal en el que se encuentra el niño pequeño, implica que nada le hace falta. Es un estado en el que cualquier demora es un problema, no soporta la espera, nada que contradiga la satisfacción. Quiere todo ya mismo. Basta con observar a niños de un año o dos, que quieren todo inmediatamente y manifiestan a gritos su descontento cuando se les dice que no.
La pregunta es ¿Cómo se sale de este yo ideal si hay tanta satisfacción? Es muy difícil la vida entre humanos teniendo esta conducta donde sólo importa la satisfacción inmediata, incluso casi se puede decir que en este momento de la vida no se es humano. Para salir de este estado y ser humanos, se necesita EL OTRO.
Y si bien una “dosis” de narcisismo se conserva toda la vida, podemos observar individuos que ya no son niños por cierto, muy narcisistas y que como consecuencia no soportan que las cosas no se hagan como o cuando ellos lo desean, y esto les dificulta terriblemente la vida en sociedad, y por supuesto la vida en pareja.
Gracias a algo que no soy yo me convierto en humano.
Y gracias a los significantes que aporta el otro construyo una imagen de mí mismo.
La demanda del otro me humaniza. El niño empieza a pensar lo que le conviene para ganarse el amor de los demás, que hacen posible nuestra vida social enseñándonos las normas de convivencia “se come con cubiertos” “se hace pis en el inodoro”, etc. El niño va descubriendo que a medida que “hace las cosas bien” se va ganando el respeto y el amor ajeno. Así luego intentará sacarse buenas notas, todo lo que le juegue a favor en este sentido.

¿Qué sucede cuando nos enamoramos?

Podemos decir que un poco de lo anterior se prolonga cuando conocemos a alguien que nos gusta, ya que también intentamos agradarle, “el amor es un engaño compartido” dice Gabriel Rolón y coincido plenamente. Porque durante el enamoramiento queremos gustarle al otro y para conseguirlo decimos algunas cosas que en realidad no son tan así, y que cuando este período pase habrá que ver si el otro está dispuesto a aceptar y viceversa.
En su libro “psicología de las masas y análisis del yo”, de 1921, Freud le dedica un capítulo al enamoramiento, comparándolo con la hipnosis. Y dice: “En el marco de este enamoramiento, nos ha llamado la atención desde el comienzo el fenómeno de la sobrestimación sexual: el hecho de que el objeto amado goza de cierta exención de la crítica, sus cualidades son mucho más estimadas que en las personas a quienes no se ama o que en ese mismo objeto en la época en que no era amado”…” El afán que aquí falsea al juicio es el de la idealización. Pero esto nos permite orientarnos mejor; discernimos que el objeto es tratado como el yo propio, y por tanto en el enamoramiento afluye al objeto una medida mayor de libido narcisista.”
En otras palabras, cuando nos enamoramos idealizamos al otro al punto de alterar nuestra percepción; le mostramos una foto a alguien y le decimos “mirá lo hermoso/a que es” y nuestro amigo nos mira raro, porque claramente no ve lo mismo.
Más allá de que todos tengamos gustos diferentes, cuando idealizamos a alguien vemos cosas que en realidad no son así, no solamente a nivel físico, sino que creemos que esa persona es la más inteligente, la más buena, etc. Y algunos años después cuando estamos enamorados de otra persona nos preguntamos qué le vimos o cómo no pudimos ver ciertas cosas que en realidad eran obvias. Y sucede que “el amor el ciego”, o más bien los amantes…
Con respecto a lo que dice Freud acerca de la libido narcisista que afluye al objeto, podemos decir que el enamorado siempre está expuesto, ya que todo lo que le deposita al ser amado lo va dejando “vacío”, en cuanto más le deposito al otro más me voy vaciando yo.
Más adelante continúa Freud: “Calla la crítica, que es ejercida por esta instancia; todo lo que el objeto hace y pide es justo e intachable. La conciencia moral no se aplica a nada de lo que acontece en favor del objeto; en la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos”.
Incluso, compara el enamoramiento con la hipnosis, diciendo: “El trecho que separa el enamoramiento de la hipnosis no es, evidentemente, muy grande. Las coincidencias son llamativas. La misma sumisión humillada, igual obediencia y falta de crítica hacia el hipnotizador como hacia el objeto amado”.

Freud distingue tres fuentes de la elevación de la autoestima en el ser humano:
1)      Una fuente de la intensidad, de la elevación de la autoestima, es el resto de lo que queda del narcisismo primario para cada uno, como resto que queda activo desde aquellos tiempos iniciales.
2)      Otra fuente es el cumplimiento del ideal del yo.
3)      Latercera fuente, de la que me ocuparé aquí, tiene que ver con la correspondencia amorosa del objeto de amor.

La correspondencia amorosa es una de las cosas que más influyen positivamente en nuestra autoestima. El otro me ama.
Hay que tener en cuenta que el hecho de que nos enamoremos de alguien que tenga la misma predisposición inconsciente para amarnos en el mismo momento que nosotros a él/ella y que luego eso perdure en el tiempo es un suceso casi milagroso.
Porque para que ello suceda, es necesario que las dos personas involucradas estén lo más “sanas” posible y puedan ceder un poco de este narcisismo, lo cual es una tarea muy difícil, porque, como expliqué más arriba, todos queremos hacer siempre lo que queremos cuando queremos y tener razón en todo. Pero estar en pareja implica negociar constantemente y entender que al otro no le gusta o no lo llena lo mismo que a nosotros, y que a veces tendremos que “quedarnos con las ganas” de algunas cosas o hacer cosas que no nos gustan. Si no podemos hacer eso es muy difícil llevar adelante cualquier relación humana, no sólo de pareja.
Pero también puede suceder exactamente lo contrario, y es lo que observamos en personas altamente inseguras: se quieren tan poco que no creen ser dignos del amor del otro. Entonces no pueden dejarse querer, es como si desvalorizaran o subestimaran lo que el otro siente porque no pueden terminar de creerlo, como si pensaran “¿Cómo se va enamorar de mí esta persona si yo no tengo nada interesante, o no tengo nada que pueda gustarle?”
Puede que en este ejemplo haya sucedido que el sujeto se haya identificado a una frase que le dijeron en su infancia, “a vos nunca nadie te va a querer en serio” y que por eso no pueda abrirse a que alguien lo quiera. O puede que no, la cuestión es que la imagen que esta persona construyó de sí misma claramente no la favorece.
Porque nuestra forma de vernos nos acompañará donde vayamos: a una entrevista de trabajo, a rendir un final, a una cita con la persona que nos gusta. Por eso la más importante siempre es nuestra propia opinión sobre nosotros mismos, nuestra propia mirada, que paradójicamente se construye a través del otro, pero luego ha de ser nuestra. Vuelvo a citar la frase de Sartre que cité en otro artículo “¿Qué hacemos con lo que hicieron de nosotros?”
La autoestima tiene que ver justamente con esto. Con cuánto nos estimamos. Esto habilitará (o no) a que el resto lo haga.
Porque si creyéramos que de lo que se trata es de gustarle a todo el mundo, tendríamos que ser de muchas formas diferentes, ya que no a todos nos gusta lo mismo; si fuese así todos estudiaríamos lo mismo, trabajaríamos de lo mismo y nos enamoraríamos de la misma persona.
A veces cuando no nos eligen para cierto trabajo nos sentimos mal, inútiles. Y tal vez no sea tan malo no ser bueno para ciertas cosas. Me viene a la cabeza una frase muy conocida de Einstein: “Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es estúpido.”
Algo similar podemos equipararlo a la vida amorosa: a veces nos enamoramos de alguien que no puede amarnos. Simplemente no puede valorar lo que somos, sea por el motivo nombrado más arriba (su falta de amor propio), sea porque no está pasando por un buen momento y no puede abrirse, o por la sencilla razón de que no formamos parte de su deseo, lo cual es lo más difícil de aceptar.
 He escuchado pacientes angustiados por un desengaño amoroso que decían “preferiría que se hubiese muerto antes de que me haya dejado.” Y es lógico que prefieran eso, porque no es lo mismo terminar con alguien porque murió que porque ya no nos ama.
Y, aunque doloroso, no es algo malo, simplemente es algo que sucede a menudo, basta para comprobarlo con escuchar a personas que dicen haberse enamorado perdidamente de alguien a quien nosotros ni siquiera miraríamos. Reitero, no a todos nos gusta o nos llena lo mismo.
Porque contrariamente a lo que sucede en el ejemplo que di de las personas muy inseguras que piensan que no hay nada que al otro pueda gustarle de ellos, lo que pasa a veces es que nos enamoramos de alguien que no siente lo mismo y tendemos a pensar qué es lo que no tenemos que hace que no nos corresponda con su amor, cómo tendríamos que ser para agradarle, más o menos como expliqué más arriba con el ejemplo del niño.
Y entonces me imagino la siguiente escena: la persona no amada por su enamorado mirándose en un espejo y enojándose consigo misma por no llenar las expectativas del otro, por no sentirse suficiente para que el otro lo ame. Y es un momento muy doloroso y de mucha crueldad para con uno mismo, porque, repito, la correspondencia amorosa no depende de una sola persona.
Y entonces ¿podremos responder la pregunta del título de este artículo? ¿Con qué nos dejan cuando nos dejan? Me parece que cuando alguien a quien amamos nos deja, nos deja con un encuentro.
Este encuentro es un encuentro cara a cara con nosotros mismos, con quien quizá hacía mucho tiempo no nos encontrábamos. Si observamos a las personas que nos rodean, muchas veces cuando vemos que alguien se cortó el pelo o empezó a hacer ejercicio sospechamos que terminó recientemente una relación, como si al estar en pareja uno no se ocupara tanto de sí mismo.
Estamos hablando de un objeto de amor que nos deja estando enamorados, claramente. Y entonces nos deja con toda la libido depositada en él, como expliqué más arriba. Un encuentro con nosotros pero vacíos. La energía psíquica es lo que hace que nos levantemos cada mañana y enfrentemos la vida, es como nuestro combustible.
Y durante el duelo está depositada en el objeto de amor. De a poco podremos ir reubicándola en nuestras tareas habituales y luego en otra relación.
No existen pastillas mágicas, de hecho no hay nada mágico que nos ayude a enfrentar o a salir más rápido de un duelo. Solamente se lo atraviesa sufriendo, y eso es lo que todos querríamos evitar.
Pero no animarse a amar por miedo a sufrir un desengaño amoroso, es como no animarse a vivir porque en algún momento nos llegará la muerte…